lunes, 11 de octubre de 2010

ATALANTA

La revista digital miNatura me publicó este relato corto en su nº 97. Tema: Brujas, magia y hechizos.

ATALANTA

            Oyó el aullido tan cerca que Atalanta, la aprendiz de bruja, creyó que el feroz depredador la descubriría…
            Dentro de su corpiño oculta el libro de magia que las brujas Blancas veneran desde la antigüedad… Ése que Ulrica, la hechicera Negra, anhela poseer…
            Sus hermanas han sucumbido al poder maligno y ahora ella es la única que tiene la facultad de deshacer el hechizo, pero el monstruo la acecha y el tiempo corre en su contra…
            Ve, desde su escondrijo, la sombra que proyecta el diabólico ser. Sus afilados colmillos arrancan las ramas de un árbol y su fétido aliento marchita sus hojas… Atalanta cierra sus ojos con fuerza, temiendo lo peor… Poco después, el lobo se transforma en Ulrica, que habla con fingida serenidad:
-Entrégame el libro, Atalanta, y no te haré ningún daño… Si no lo haces, te ocurrirá lo mismo que a las otras…
            Dicho y hecho. Ulrica destroza el tronco en el que ella se esconde. Su grito enmudece los sonidos del bosque…
            La aprendiz de bruja despierta sobresaltada. Su compañera de habitación la abraza y le sonríe con dulzura:
-Cálmate, sólo ha sido una pesadilla…
            Atalanta se incorpora en el lecho y luego se acicala para ir a sus clases de magia.
-¿Vienes, Ulrica?
            La jovencita asiente y al fechar la puerta sus oscuras pupilas brillan con una luz maléfica…

ISTANBUL

Con este relato recibí la 1ª Mención en la III Edición de los premios Eduardo de Literatura 2009 de Umbrales Ediciones.

ISTANBUL

            Alicia Sotomayor siempre deseó volver... Sus recuerdos de la niñez estaban vinculados a Estambul y a sus gentes. Su padre había tenido un importante cargo en aquella inmensa metrópoli y ella había crecido en un ambiente multicultural que la animó a estudiar las diferentes culturas del mundo y también a sentir una gran pasión por todas aquellas civilizaciones. Cuando sus progenitores le dijeron que tenían que marcharse de Turquía, Alicia lloró amargamente porque durante diez años aquel país había sido su hogar y allí estaban todos sus amigos; sin embargo, pronto encontró otras amistades y se adaptó a su nueva vida en Madrid. Estudió la carrera de Historia del Arte y tras licenciarse empezó a dar clases en la Complutense. Su vida transcurrió monótona hasta aquel día en el que recibió una carta. Alicia no se lo pensó dos veces, hizo las maletas y regresó a Istanbul, la ciudad de sus sueños.
            Después de tomar una ducha refrescante, bajó hasta el hall del hotel y miró su reloj: aún quedaban cinco horas para la cita convenida y lo que más le apetecía en aquel momento era recorrer aquellos lugares que tanta añoranza le provocaban, así que le entregó al amable recepcionista la llave de su habitación y éste le volvió a desear una feliz estancia sonriéndole de forma seductora.
            Desde el mirador de la torre Gálata contempló, extasiada, el Bósforo, el mar de Mármara y el Cuerno de oro… La última vez que había estado en aquella atalaya la habían acompañado Akin y su abuelo Ashraf y las risas no habían cesado en ningún momento. El hombre les contó que los genoveses la construyeron allá por el siglo XIV y que ésta había servido para protegerles de los ataques de Bizancio, luego había sido utilizada como prisión, más tarde como observatorio e incluso como torre de vigilancia de incendios. Sus pueriles mentes inventaron decenas de historias durante interminables semanas y Ashraf Ertük disfrutó con sus juegos… Suspiró al recordar su infancia y sin apenas darse cuenta, su mente la transportó a aquella maravillosa época…
            “Sólo tenía ocho años cuando su padre, Jacobo Sotomayor, fue nombrado primer secretario de la embajada española en Estambul. La familia al completo viajó hasta aquella grandiosa megalópolis enclavada privilegiadamente entre dos continentes: Europa y Asia. Se instalaron en una preciosa vivienda sita en la zona europea y pronto Marta, su madre, y sus hermanas pequeñas, Cristina y Verónica, se adaptaron, igual que ella, a las costumbres de aquel país. En aquella casa conoció al que sería su mayor compinche de aventuras y de travesuras: Akin Ertük.
            Akin tenía su misma edad y era el primogénito del matrimonio Ertük. Leylak era la cocinera y Adil el chófer de su progenitor. La pareja turca hablaba correctamente el español y por eso el idioma nunca fue un impedimento para comunicarse entre ellos. No obstante, para estar en igualdad de condiciones, Marta insistió en aprender el turco y que sus hijas, de igual forma, recibieran aquellas clases. Un año después, en el hogar de los Sotomayor se expresaban en las dos lenguas. Alicia también enseñaba a su amigo el inglés que aprendía en el colegio Internacional donde cursaba sus estudios, ya que él decía que en su escuela iban demasiado lento… Los dos se divertían muchísimo leyendo los libros de lectura inglesa que después traducían a sus idiomas maternos. Sin embargo, lo que más les gustaba a ambos era ir con Ashraf, el abuelo de Akin, por la ciudad. El hombre les explicaba las leyendas de su pueblo con muchísima paciencia y siempre con una sonrisa en sus labios.
-¿Por qué la llamaron Constantinopla? –le preguntó en una ocasión Alicia mientras degustaban los famosos helados de Maras en una heladería.
Ashraf le contestó con voz pausada y afectuosa:
-Porque Estambul fue codiciada durante muchos siglos por grandes estados... Primero fueron los griegos quienes se asentaron en esta tierra y la llamaron Bizancio; luego, persas, espartanos, macedonios y romanos la conquistaron y fue el emperador de Roma, Constantino, quien la convirtió en la capital de todo el Imperio... Por eso le pusieron Constantinopla, en su honor…
-¿Y cuándo se llamó como hoy la conocemos, abuelo? –inquirió Akin mirándole fijamente con sus almendrados ojos oscuros.
-Los otomanos y su sultán, el gran Mehmed II, la denominaron Istanbul allá en el siglo XV y desde entonces así es conocida…
-¿Por qué los musulmanes odian a los cristianos, Ashraf? –le preguntó de repente Alicia sorprendiéndole.
-¿Quién dijo eso, pequeña?
-La señora que vive en la casona de ladrillos rojos…
-Yo soy musulmán y Akin, tu amigo, también. ¿Crees que nosotros te odiamos?
            Ella negó con un gesto de su morena cabeza y lo miró fijamente con sus expresivos ojos verdes. El adulto le sonrió con dulzura.
-Quien habló de esa forma no es honesta consigo misma ni tampoco respeta a sus semejantes… Recuerda esto que te digo y podrás vivir en armonía con todo aquel que piense distinto a ti.
-¡Qué tontería pelearse si todos somos iguales! ¿Verdad?
-Sí, hija, todos somos iguales ante el Creador… -le respondió alegre, luego les instó a que terminaran de comer sus helados, pues a las cinco en punto abrirían las puertas del museo que esa tarde visitarían…”
            Alicia sonrió. El piar de los pájaros que sobrevolaban el cielo azul, la hizo volver al presente. Sin embargo, aquellas frases que Ashraf Ertük le manifestara se grabaron en su memoria para siempre y le servían, en la actualidad, para fomentar la tolerancia y el respeto entre sus alumnos de la facultad. Bajó por el ascensor de la torre y decidió almorzar en una terraza a orillas del Bósforo. Su menú consistió en: lüfer, pescado azul, dolmas, hojas de parras rellenas de arroz, lokum, un dulce típico turco, y bebió sahlep, una bebida hecha con raíz de orquídeas… Más tarde, visitó la Basílica de Santa Sofía, el palacio de Topkapi, la Mezquita Azul y el Gran Bazar. Al entrar en aquel enorme edificio de laberínticas callejuelas, su mente retrocedió nuevamente al pasado… “-El Fatih Mehmet II fue quien lo fundó…
            Alicia y Akin dejaron escapar silbidos de asombro. Sus ojos se agrandaron al percibir la mezcolanza de colores, olores y sensaciones que pululaban por aquel emblemático inmueble. Los vendedores de alfombras regateaban con los compradores en una de las calles; en otras, los gritos de los curtidores de piel se mezclaban con la de los joyeros llamando a los clientes… Akin fue el primero en hablar:
-Mi madre nunca me trajo tan temprano al Gran Bazar, abuelo…
-Lo sé, hijo, pero yo quería que Alicia y tú lo vierais en todo su esplendor… A primera hora es cuando se hacen las mejores compras y además los comerciantes ofrecen sus principales productos a la clientela…
-¡Me encanta, abuelo Ashraf! –exclamó la niña riendo-. ¿También se venden aquí especias?
-No, hija, el Bazar de las Especias se halla en el antiguo barrio de los judíos… Pasado mañana pasearemos por aquella zona y compraremos las que Leylak, mi nuera, necesite para cocinar…
-¿Y también veremos a los músicos, abuelo? –le inquirió Akin expectante.
-Sí, hijo, escucharemos a los gitanos en la plaza y luego iremos al local de mi amigo Yüksel. Sé que habrá un recital de música clásica con instrumentos representativos del país… Oiremos piezas tocadas con el ud, el saz, el ney, la darbuka, el kanun…
-¡Qué bien, abuelo! –gritaron al unísono los dos jovencitos.
            Ashraf Ertük soltó varias carcajadas…”
            Alicia miró su reloj y suspiró. Había quedado con Akin en una famosa cafetería de la calle Istiklal. Él la estaba esperando y se levantó rápidamente de la mesa que ocupaba con una gran sonrisa en sus labios. Su abrazo pareció durar una eternidad y cuando ambos se separaron no pudieron más que reír.
-Estás guapísima, Ali.
            La española sonrió al escuchar el diminutivo con el que su amigo la llamaba desde la infancia.
-Tú no has cambiado nada, Akin. Sigues siendo el mismo chico encantador y cariñoso que yo conocí… Bueno, te has convertido en un famoso escritor…
-Tengo treinta y cinco años, algunas canas y dos hijas… -Sonrió dejando entrever su dentadura de nácar-, y cuando Kayra y Seher me dejan, soy novelista.
-Yo también los cumplí hace poco, pero no tengo hijos.
-¿Por qué? Te había imaginado rodeada de niños y formando una gran familia…
-No lo sé, Akin. Mi trabajo me llena por completo y no tengo tiempo de pensar en pañales y biberones… Puede que en un futuro me plantee adoptar una criatura o ser madre soltera… Ya veré… Por ahora me conformo con hacer regalos a mis sobrinos y a consentirlos, por eso soy su tía favorita…
            Akin rió y ella le imitó. Después la conversación giró en torno a sus respectivos padres mientras merendaban té de escaramujo, panecillos con mermelada de rosas y baklavas rellenos de nueces, almendras y cremas.
-Come dulce y habla dulce… -habló Alicia tras masticar el crujiente bollito.
-Mi abuelo era un hombre muy sabio y te quería muchísimo, Ali.
-Lo sé, Akin, yo también le quería. Ashraf influyó mucho en mi forma de pensar y sé que todo lo que he conseguido en esta vida, en parte se lo debo a él. Te juro que lloré mucho su muerte…
            El hombre asintió.
-Se acordó de ti antes de morir… Akin sacó un pequeño estuche azul de su chaqueta y se lo entregó.
            Alicia no pudo contener las lágrimas al ver la joya que resguardaba aquella cajita. El ojo del azar, símbolo de Turquía, tenía un gran significado para ella. Sacó el colgante y se lo puso muy emocionada.
-¿Te acuerdas cuando te lo regaló?
-Sí, no lo olvidaré jamás. Yo lo vi en el escaparate de una joyería del Gran Bazar y me lo compró al instante. Luego fuimos a una tetería de Tophane… Mientras él y Yüksel fumaban narguile, nosotros jugábamos a imitarles…
-Sí. –Río el autor del último best-seller más vendido en Europa y Estados Unidos-. Mi abuelo y su camarada fumaban tabaco aromático en la pipa de agua y nosotros soplábamos por la boquilla y hacíamos burbujas… ¡Qué tiempos aquellos!
-Fueron fabulosos.
-Sí, tienes razón. Lo que no entiendo, Ali, es por qué le devolviste al abuelo el regalo que te hizo… -comentó Akin señalándole la plateada presea.
-Ashraf y yo hicimos un trato. Él guardaría el ojo del azar hasta que yo regresara de nuevo a Istanbul… La pena es que no lo hice antes… -Suspiró triste.
            Akin apretó cariñosamente la mano femenina y, a continuación, dijo:
-El abuelo sabía que tarde o temprano volverías… Por cierto, ¿en qué hotel estás?
-En el Anemon Gálata.
-Pues ahora mismo vamos hasta allá y cancelamos el registro de la habitación…
-Pero…
-Ali no voy a permitir que estés en un hotel. Mi esposa Meryem y mis niñas están deseando conocerte… Así que no voy a aceptar un no por respuesta. Ya sabes que soy muy tozudo.
-Sí, lo sé.-Rió Alicia y asintió feliz.
            Mientras caminaban hacia la plaza Taksim, para subir al tranvía, la luna hizo su aparición en el firmamento y en la lejanía se oyó el sonido envolvente y mágico del ney…

ARACNOFOBIA

Con este microrrelato quedé finalista en el II Concurso de Microrrelatos 2009 dedicados al Cómic organizado por el Ayuntamiento de Madrid.

ARACNOFOBIA
            Peter Parker nunca imaginó que la picadura de una arañita pudiera traerle tantos quebraderos de cabeza… Al principio le encantaba trepar por las paredes, salvar a los ciudadanos de Nueva York de las fuerzas del mal, salir en los periódicos… Sin embargo, la fama también tiene un precio: Mary Jane le ha puesto las maletas en la calle cansada de sus salidas nocturnas, apenas tiene vida social, vencer a los adversarios cada vez es más complicado y después de las fiestas navideñas el traje le queda demasiado ceñido… Así que ha decidido hablar con los de Marvel para que éstos le concedan unas vacaciones.
            Spider-man abre la puerta del despacho del director y se oye un grito espeluznante… Minutos después, los empleados contemplan al héroe en el suelo y a la mujer de la limpieza con un insecticida en su mano derecha. María repite desconsolada:
-Es que tengo aracnofobia…

EL BAÚL DE LOS RECUERDOS

Con este relato quedé finalista en el V Certamen Internacional de Relatos "La lectora impaciente" 2008.


EL BAÚL DE LOS RECUERDOS

Habían pasado muchos años desde la última vez que estuve en aquel caserón. Los recuerdos se agolparon, de repente, en mi mente y una cierta añoranza me hizo sentir culpable. ¿Por qué nos habíamos distanciado mi madre y yo? Ahora no me acuerdo del motivo, pero me marché y no volví a pisar el suelo de la antiquísima casa familiar donde nací, ni hablé con Ana (la mujer que me había dado el ser), desde entonces.
La tía Paula siempre residió con nosotras, con sus excentricidades y sus inseparables gatos; ajena a los enojos, a las desilusiones y a todo lo que no fuera su mundo de cuentos de hadas. Muchos decían que era una vieja chiflada que vivía permanentemente en aquel universo de sueños porque nunca halló su verdadera posición en la familia Ayala, pero yo no lo creo así; simplemente, Paula era una romántica.
Mi madre fue la menor y la más madura. La tía continuamente necesitaba la fortaleza de su hermana pequeña para seguir viviendo y entre ellas se creó una alianza tan fuerte que ese vínculo no se rompió ni siquiera al casarse Ana. Los nuevos esposos se mudaron a la solariega vivienda donde residían la abuela Irene y su hija soltera, y después nací yo. Sin embargo, la felicidad nunca es completa, mi padre murió al poco tiempo; así que crecí en un ambiente femenino sin la presencia de un hombre que se opusiera a mi díscolo carácter y eso me marcó de alguna forma.
Un suspiro escapó de mis labios al contemplar aquella enorme sala, donde tantas veces jugué a ser una de aquellas heroínas que, en mi imaginación, siempre resultaban victoriosas; el olor de las flores frescas permanecía flotando en el ambiente, como de costumbre, y los rayos del sol acariciaban los viejos muebles al penetrar por los entreabiertos balcones; allí, estaba la desvencijada cómoda con sus pomos de nácar y sus carcomidos cajones; los sillones de tela desgastada, la impresionante mesa de cedro y el baúl. Tía Paula y uno de sus devotos felinos se pararon a unos pocos centímetros de mí. Ella habló:
-Ahí, Irene, está todo.
La miré y sólo entonces me di cuenta de mi egoísmo. La tía se ayudaba de un bastón para caminar; su delicada piel de juventud, ahora se hallaba macilenta y sus hermosos ojos negros habían perdido aquel brillo del que tanto presumía. Es verdad que una chica las cuidaba desde hacía diez años, pero yo me había mantenido alejada de sus vidas por culpa de una absurda discusión. ¿Por qué los adultos a veces nos comportamos como críos? No obtuve ninguna respuesta a mi estupidez.
            Varias semanas antes la tía, en un arranque de valentía, se había puesto en contacto conmigo y me había revelado que mi madre se hallaba en la fase terminal de esa terrible enfermedad llamada alzheimer. Lo que sentí en ese momento no lo puedo expresar con palabras: el miedo, la impotencia, la angustia y el arrepentimiento nublaron mi mente por unos segundos, y sé que palidecí y que mis colaboradores se asustaron muchísimo. Hoy las lágrimas, que derramé al saber dicha noticia, se agolpan nuevamente en mis marchitos ojos; pero no quiero que ella me vea llorar, ahora tengo que ser fuerte. Acaricié el baúl. Un temblor desconocido se apoderó de mi mano al girar la pestañita que abriría aquel arcón; mientras, la tía Paula me observaba tras sentarse en una de las mecedoras, el rictus de su arrugada tez era de pesar, aunque nunca sería capaz de enojarse con su única sobrina. “Casanova”, su fiel persa, se acurrucó en sus delgados muslos sintiendo la calidez de su ama sin hacernos caso.
            El aroma a espliego me dio la bienvenida, su gratificante esencia desenterró recuerdos de mi infancia y también los motivos por los que Ana Ayala había guardado aquellas cosas en él. Allí perfectamente ordenados había ropitas de bebé, cuadernos infantiles, un viejo álbum de fotografías, recortes de periódico, debidamente encuadernados en los que yo salía, y mis libros, mis manoseados libros de juventud que creí haber perdido tras la Universidad. Pero lo que verdaderamente me emocionó fue encontrar un sobre de color amarillo con mi nombre. Conmovida lo abrí, la preciosa letra de mi madre apareció ante mi llorosa mirada.
           
“Querida hija:
Si alguna vez lees esta carta, será porque mi hermana me habrá desobedecido y te habrá dicho que padezco alzheimer, una enfermedad que con sólo nombrarla, asusta. No quiero, Irene, que te sientas culpable por no haber estado junto a mí en estos aterradores momentos, sé que me quieres y aunque estemos separadas en estos instantes de nuestras vidas, al final el cariño y el afecto vencerán a lo absurdo. En este día, he comenzado a guardar en este baúl todos mis recuerdos que siempre irán enlazados a los tuyos, pues me asusta sobre todo olvidarme de ti. Este viejo arcón será mi memoria, mi cerebro y en él se mantendrán vivos todos mis pensamientos y mi amor de madre. No olvides, hija querida, que siempre te querré.”

Cogí una de aquellas fotografías en las que Ana Ayala me sonreía manifestando todo su esplendor juvenil, y la acaricié sin poder contener las lágrimas que resbalaron por mis mejillas. La tía se levantó con parsimonia y luego, me abrazó. Diez minutos después, subí los peldaños que me conducirían a la habitación de mi madre. Abrí la puerta lentamente y me acerqué a su cama con esa calma que había asimilado tras años de aprendizaje en mi carrera política. Una brisa agradable movía las cortinas de encaje y las rosas inundaban con su maravillosa fragancia aquel cuarto, una tímida sonrisa apareció en mis labios al ver el retrato de mi boda, los de mis hijos y el de mi nieto en un lugar privilegiado de aquel señorial cuarto. Me senté junto a la cama y acaricié sus pálidos pómulos, la anciana que allí se consumía, poco a poco, no se parecía en nada a la enérgica y vital madre que yo recordaba. Suspiré pidiéndole a Dios o a quien fuera que ella no sufriera más. Sonó inesperadamente el móvil y, con un gesto de impaciencia, lo desconecté.
-¡Les dije que no me llamaran, que no estaba para nadie! –exclamé enfurecida.
Ana abrió sus pesados párpados y me miró.
-Lo siento, mamá. Eran de mi despacho, pero no te preocupes, No volverá a ocurrir.
Me tendí junto a su cálido y escuálido cuerpo y la rodeé con mis brazos. Ana Ayala abrió sus labios y pesadamente, murmuró:
-Madre, no me dejes...
Me estremecí al escuchar aquellas palabras, ¡ella creía que yo era la abuela Irene! Le pedí perdón por aquellos años de alejamiento, por mi ingratitud y, principalmente, por la soledad que había tenido que experimentar por mi culpa.
-Sí, hija, siempre estaré contigo -le contesté abrazándola aún más.
Ana suspiró y con una débil mueca, parecida a una sonrisa, volvió a entornar sus ojos con serenidad. La tía Paula, que nos había estado espiando, cerró la puerta de la habitación con cuidado y encaminó sus lentos pasos hacia el salón. “Casanova” la siguió moviendo su cola.

RECUERDOS

Recuerdo el traqueteo del tren en la vieja estación,
el añejo sonido del organillo de la esquina,
el aroma de la tierra mojada y los gritos de los niños en la plaza.

Recuerdo el olor del café recién hecho, el de las sábanas oreándose,
el acariciante trino del jilguero en su jaula, las animadas charlas de los vecinos y los besos robados a María.

¡Qué hermosa era aquella época!

ÁFRICA

Lágrimas de sangre recorren tus caminos,
inmortalizados por la pluma de Isak Dinesen.
Oscuros deseos de Occidente
desmiembran tu cálida piel,
y tú no gritas.
¿Quiénes atan tus manos negras?
¿Quiénes se enriquecen,
mientras tu rostro de ébano agoniza?
Míseros gobernantes
que se emblanquecen con el dolor
de sus hermanos
ocultando a ese sol abrasador
sus propias miserias.
¡África, despierta!
No permitas que te hieran más.

OLVIDO

El viento grita un nombre
tras los empañados cristales
de una nívea habitación,
pero él no lo oye.
Permanece absorto,
contemplando las ilusorias figuras que
la noche dibuja en la pared.
Una cálida mano le acaricia con ternura,
intentando protegerle del miedo
que se refleja en sus asustados ojos.
Se miran, pero, Carlos, sólo ve un rostro extraño
uno más entre tantos...
Olvido suspira procurando sonreír,
y tras darle un beso en la frente, le dice:
“Duerme, mi amor, yo estaré aquí”.
Morfeo pronto lo acuna en sus brazos,
Olvido se deja caer en el sillón.
¿Cómo pueden borrarse sesenta años
de besos, de caricias, de alegrías, de tristezas...?
¡Maldita enfermedad!