lunes, 11 de octubre de 2010

EL AMOR

Siento los latidos incesantes de mi corazón, aquellos que un día despertaron de su agónica tristeza. Un mundo nuevo, de colores vivos y sensaciones maravillosas, alienta mis pasos, antes grises y nublados por el desaliento. ¿Qué tiene el amor que cambia la existencia del más esquivo? ¿Quiénes mueven los hilos para que no le ignoremos?
Poetas de todos los tiempos se rinden ante él, como amantes que sucumben a la embriaguez del placer; creando versos que alimentan su ego para toda la eternidad. Pero, si no fuera así, ¿podríamos vivir?
Yo sólo sé que sus alas blancas me aprisionan y que su cálido aliento reaviva ese órgano, antaño coronado de espinas y acorazado, que con regocijo hoy vuelve a latir.

PALABRAS DE MUJERES ONUBENSES

Palabras de Mujeres Onubenses es una Antología de poemas y relatos cortos que a mis compañeras de la Tertulia Nuevo Horizonte 2002 de Huelva y a mí nos publicaron en el año 2008. Os colgaré ahora mi relato y los poemas que son míos. Besos.


EL SUEÑO

Anoche tuve un sueño, y en él me vi siendo de nuevo aquel mozalbete de pantalones cortos y mirada inocente; de mofletes regordetes y cardenales en las pantorrillas; de churretes en la cara y atrevida curiosidad, que pasaba parte del verano en Moguer, el pueblo de la tía Candela. Me divertía con algunos de los niños que entonces compartían mis mismas travesuras y risas, y allí cerca del lugar donde jugábamos, sentado en uno de los bancos de la plaza de las Monjas, había un hombre. Vestía de luto y se resguardaba de los penúltimos rayos de aquel febril sol de mediados de agosto con un sombrero. Nos miraba de vez en cuando y otras tantas parecía olvidarse de nuestros juegos, apuntando algo en una pequeña libreta.
Pasaron las horas y el cielo comenzó a teñirse de tonos añiles, ocres y rosados, mientras las golondrinas volaban en círculos tiznando de minúsculas motas negras el firmamento. A las ocho en punto, las campanas de la iglesia de la Granada repiquetearon llamando a misa y pocos minutos después mis amigos se despidieron dejándome solo. Cogí mi pelota dispuesto a marcharme también, pero antes observé con detenimiento a aquel desconocido. Me intrigó la suavidad con la que asía su pluma estilográfica, el movimiento pausado de sus dedos al anotar sus reflexiones en el papel y el gesto sereno que evidenciaban sus rasgos angulosos al escribir. Irguió la cabeza al darse cuenta de que yo lo miraba y entonces se quitó el sombrero poniéndolo en el banco de piedra. Me sonrió haciéndome un guiño para que me acercara hasta donde se encontraba. A continuación, dijo:
-Pequeño, ¿viste alguna vez algo más hermoso que el crepúsculo?
-¿Qué es eso? –inquirí extrañado.
-El crepúsculo es la última claridad del día.
-¿La última?
-Así es, el día se dormirá y pronto la oscuridad se hará dueña de todo.
-Pero, las estrellas y la luna alumbran el cielo y así nosotros podemos ver por la noche, según dice mi tía Candela.
Él sonrió atusándose la rala barba blanquecina.
-Tienes razón, pequeño, éstas iluminan lo que las sombras tratan de ocultar a nuestros ojos y por supuesto, tu tía es una señora muy sabia.
Fascinado por su contestación me senté a su lado y le pregunté:
-¿A quién escribe?
-A un amigo.
-¿Vive muy lejos?
-Él murió.
-Y si está muerto, ¿por qué le escribe?
-Aunque ya no esté en el mundo de los vivos, su presencia siempre permanecerá conmigo, por eso le cuento en esta carta lo que me ha ocurrido hoy.
Aturdido miré hacia aquel infinito en el que algunas solitarias lucecitas comenzaban a aparecer resplandeciendo igual que diamantes, y el astro lunar intentaba asomar su plateada redondez, con cierta timidez, entre las copas de los árboles. Los pájaros buscaban cobijo entre las ramas de los naranjos piando alborotados, y una suave brisa marina comenzaba a arrastrar algunas de las hojarascas marchitas en el suelo. Suspiré antes de volver a manifestar.
-Usted debió de quererle mucho si le recuerda tanto. ¿Fue su compañero de juegos?
-Sí. –Sonrió-. Nuestra amistad fue sincera. Me acompañaba al monte, al barrio de los marineros, me seguía allá donde yo fuera... Y le gustaban los higos morados, las naranjas, las uvas moscatel...
-¿Cómo se llamaba?
-Platero.
-¿Platero? ¡Qué nombre más raro para un niño!
-Platero era un burro.
-¡Un burro! ¿Y cómo podía ser su amigo? Los asnos no hablan, no comprenden...
-¿Estás seguro? Muchos hombres son más borricos que estos animales, si no fíjate en las guerras que algunos provocan sólo porque creen estar en posesión de la razón y se vanaglorian de sus actos, mofándose del dolor de los demás. Mira, pequeño, la intolerancia y el odio son enemigos de la verdad, quien justifica la sinrazón aborrece verdaderamente a la humanidad.
-Pero, también hay personas buenas en este mundo, por lo menos, eso me dicen mis padres y mi tía.
-¡Claro que sí! Y por ello, todavía tenemos esperanza –respondió guardando la libretilla y la pluma en el bolsillo de su camisa de lino.
Ambos nos fijamos entonces en el liviano vuelo de una despistada mariposa de alas blancas, que pasó cerca de nosotros. Aquel insecto de eterna belleza, parecía haber olvidado que la luz del día, poco a poco, se desvanecía entre las azoteas de las casas y movía sus apéndices alados desafiando a la gravedad y a la pronta nocturnidad, hasta posarse elegantemente en una de las flores que perfumaban el jardín.
-Fíjate en esa mariposilla y en la rosa en la que se posó, ¿no crees que somos afortunados al estar ahora aquí contemplando esta maravilla de la creación?
-Sí -contesté sin poder apartar mis ojos de aquel rincón.
Él siguió diciendo:
-A Platero le encantaba olisquearlas y después perseguirlas por el monte, y yo disfrutaba viéndolo trotar igual que un chiquillo revoltoso...
Sonreía mientras me contaba aquello y por un breve instante, me sentí transportado a su recuerdo, encaramado en los mansos lomos de Platero, percibí los rayos tibios que penetraban entre las ramas de los eucaliptos; olí el aroma que desprendían los lirios amarillos y el espliego; oí el rumor cantarín de las aguas que bajaban por el arroyuelo...
Desde uno de los balcones entreabiertos de una de aquellas casonas de la plazoleta, el sonido cautivador de la sonata Claro de Luna de Beethoven, nos volvió a la realidad.
-Las notas de ese piano son similares al color azul, nos da libertad para soñar, ¿te gusta la música?
-Sí, mi padre me lleva algunos domingos, tras la misa de diez, a escuchar la orquesta municipal; luego, compramos camarones y nos los comemos en la Punta del Sebo.
-Entonces, ¿eres de la capital?
-Sí, ¿y usted?
-Yo nací en Moguer, pero me acuerdo que siendo un jovencito me subía a la tapia del corral de un vecino, y desde allí contemplaba Huelva bañada en tonos dorados y marinos, comía los frutos que me daba la hija del Arreburra hasta que mi madre venía en mi busca...
-¿Siempre ha vivido aquí?
-No, tuve que irme.
-¿Por qué?
-Por que nunca estuve de acuerdo con la guerra civil que sufrió este país. Yo amo la libertad y siempre estaré a favor del pueblo, y aquellos oscuros años convirtieron mi patria en una jaula de llantos, amarguras y resentimientos. La libertad es el don más preciado que tiene un pueblo, cuando se pierde, se olvida la identidad de uno.
-¿Y dónde estuvo?
-En América.
-¿Con los indios igual que en las películas?
Su risa sonó clara y alegre ante mi ingenuo comentario.
-Te aseguro que en América no sólo hay indios, como tú los llamas, allí conviven personas que tienen la misma tez que la tuya, pero también hay negros, mestizos, asiáticos... y todos tratan de vivir respetándose los unos a los otros, aunque a veces también la intransigencia de unos cuantos no entienda de color de piel ni de razas.
Fascinado por sus palabras, comprendí que aquel señor de mirada sincera era alguien muy especial. A mi memoria de estudiante regresó un poema que había aprendido de aquel libro, prohibido, según me refiriera la tía Candela y que con su consentimiento examiné en el desván, sin que nadie más supiera de aquel presunto delito.

¡Cómo meciéndose en las copas de oro,
al manso viento, mi alma
me dice, libre, que soy todo!

-Usted es un poeta, ¿verdad?
-Sí -respondió con un ligero temblor en su voz-. La poesía lo es todo para mí, simboliza la belleza, la eternidad, el conocimiento... Yo no concibo nada sin ella.
Su mirada se perdió más allá de las puertas del convento de Santa Clara, advertí una cierta tristeza en su semblante huesudo y comprendí en aquellos breves instantes, de atronador silencio, que su memoria evocaba recuerdos nostálgicos; entre tanto, las farolas se encendieron ahuyentando a las tinieblas de aquel lugar; las palomillas nocturnas se adherían al cristal reclamando aquella claridad como un magnífico tesoro y los grillos comenzaban a rozar, con fuerza, sus élitros produciendo aquel sonido monótono y agudo que causaba desvelos en las madrugadas calurosas.
Las campanas volvieron a tañer quejumbrosas, esparciendo sus lastimosos quejidos por el aire. Él me miró y poniéndose su sombrero, expresó:
-¡Ya es tarde! Tu tía ha de estar preocupada, ¿dónde vive?
-En la plaza del Marqués...
-Yo vivo cerca, te acompañaré.
Asentí y ambos nos pusimos en pie. Caminamos lentamente bajo la chispeante luz del alumbrado público, varios lugareños nos saludaron, especialmente a mi nuevo amigo que respondió a aquella muestra de aprecio con una ligera inclinación de su cabeza y una sonrisa en los añosos labios. Un amigo del que aún no conocía siquiera su nombre, sólo sabía que escribía poesías y que amaba la libertad y a su municipio. Como si leyera mis pensamientos, me contempló fijamente y me dijo:
-Llevamos más de una hora conversando y todavía no sé tu nombre, ¿cómo te llamas, pequeño?
-Pablo, ¿y usted?
-Juan Ramón.
Un apretón de manos y varias carcajadas sellaron la naciente amistad, que en mi sueño sentí tan real como si la estuviera viviendo. Ya cerca de la vivienda de mi familiar, aquel distinguido caballero se paró y yo le imité. Tras los cristales de una tienda, en un caballete de madera, se exponía un cuadro; era un paisaje de Moguer y en éste se podía distinguir su campiña dorada, los pinos verdes y a varios campesinos andando al lado de un burro plateado que subía hacia la ermita de Montemayor. Pegué mi frente en el escaparate soportando la frialdad del mismo; sin embargo, no me importó. El colorido de aquella pintura me recordó a un fascinante día primaveral y hasta creí oler el romero y la mejorana que el jumento transportaba en un costal. El poeta murmuró, casi sin aliento, emocionado por vislumbrar aquella pequeña obra:
-Allá en una propiedad que se llama Fuentepiña, bajo el pino que la preside, está enterrado Platero... En aquel lugar, reposa su sueño eterno, oyendo el canto de los pájaros todos los días y feliz de que los lirios amarillos se extiendan por su sepultura y de que las mariposas jugueteen a su alrededor...
-Me gustaría ir alguna vez allí -pronuncié adoptado aquella mueca con la que conseguía casi todos mis caprichos.
Juan Ramón sonrió alborotándome los revueltos cabellos.
-Algún día iremos. -Prometió y comenzó a andar nuevamente.
Mi tía hablaba con una de sus comadres en la puerta de su casa, no parecía muy alarmada por mi tardanza, tenía un precioso ramo de rosas rojas y de heliotropos en sus brazos y parecía estar esperándonos. La hermana de mi abuelo era una apasionada de la poesía y admiraba sobre todo a aquel ilustre vecino de su pueblo.
-Buenas noches, don Juan Ramón. Musitó con una franca sonrisa.
-Buenas noches, Candela -contestó él sonriente-. Conocí a su sobrino y le puedo asegurar que es un muchacho despierto y simpático.
-Sí, aunque algo travieso.
-Como todos los niños... Bueno, jovencito, tengo que marcharme. Espero que no olvides lo que hemos hablado esta tarde noche.
-No, se lo prometo.
-Bien, una de estas mañanas cuando todavía el sol no sea tan fuerte, vendrás conmigo hasta Fuentepiña y nos sentaremos bajo la sombra del pino, allí te leeré uno de mis libros.
-¿Cuál?
-Platero y yo.
Asentí contento por aquella promesa. La tía Candela comentó:
-Tome usted, don Juan Ramón, estas flores son para su esposa.
-Muchas gracias, Candela. A Zenobia le encantan las rosas y los heliotropos.
Acarició con ternura las diminutas espigas azuladas y luego rozó con sus delgados dedos los pétalos encarnados. Se despidió con una cálida sonrisa y tanto la tía como yo le vimos alejarse con su andar lento y pausado.

Abrí los ojos y entonces como si todavía estuviera envuelto en mi sueño, oí en la lejanía el rebuzno de Platero; percibí la suave fragancia de los heliotropos y el perfume seductor de las rosas, advertí el murmullo del viento que, templado, susurraba nombres enmascarados por el tiempo. Ese tiempo que jamás podrá borrar las huellas del pasado, ni tampoco las palabras escritas por los genios de la literatura.
Volví a Moguer, anduve por sus calles adoquinadas, por esas que impregnan miles de historias de marineros y de descubridores, visité los lugares colombinos y estuve en la casa-museo de Juan Ramón Jiménez. Allí ante sus enseres personales, le prometí que haría lo posible para que todos conocieran a ese Juan Ramón humano, sensible y amante de la libertad que en el pasado algunos trataron de ocultar. Así que he plasmado en estas páginas mi sueño, sea real o irreal es lo que menos importa, la obra de este moguereño universal sí que permanecerá a través de los siglos intacta en nuestras mentes y esta ciudad blanca, de rincones sorprendentes, de gentes afectuosas, eternamente aparecerá unida a su poesía, como él dijera: “te llevaré Moguer a todos los lugares y a todos los tiempos. Serás por mí, ¡pobre pueblo mío! A despecho de los logreros, inmortal”.

domingo, 10 de octubre de 2010

AEQUALITAS

“Llevamos a cabo estas verdades para ser evidentes en sí: que todos los hombres y mujeres son igual creados. Elizabeth Cady Stanton”
-¡Igualdad! ¿Qué significa esta palabra para vosotros? –pregunta Alma Rodríguez a sus alumnos tras escribirla en la pizarra.
            Los estudiantes de tercero de ESO la observan en silencio. María García, una de las alumnas más aplicadas, levanta su brazo derecho. Alma hace un gesto para que ésta se pronuncie.
-La igualdad es un principio que reconoce a todos los ciudadanos la capacidad para tener los mismos derechos.
-Correcto, pero… ¿Todos los disfrutamos?
-No. La discriminación existe... Las mujeres no ganan lo mismo que los hombres a pesar de que hacen el mismo trabajo que ellos. Y en muchos países, éstas no pueden tener propiedades ni recursos financieros ni la educación que les permita independizarse de sus maridos… ¡Es horrible! Algunas, desgraciadamente, son sus esclavas…
-¡Ea, habló la feminista de la clase! ¿Acaso tú y tus amiguitas vais a solucionar los problemas del mundo? –prorrumpe burlón Carlos Santaolalla, uno de sus compañeros, provocando la hilaridad en unos y airadas protestas femeninas.
-Gracias al feminismo hoy podemos votar y poseemos derechos que antes nos eran negados… - expresa María con convicción.
Carlos le rebate con sarcasmo:
-Pues no os debieron conceder ninguno, ya que desde entonces ni las casas se limpian ni se cocina con fundamento… Lo que tenéis que hacer es volver a vuestras antiguas ocupaciones y todo os irá mejor, así no habrá tantos divorcios ni os quejaréis porque os pegan…
-¡No lo podemos creer! –gritan varias alumnas enfurecidas.
            Los adolescentes se enzarzan en una pelea dialéctica que la profesora de Educación para la Ciudadanía interrumpe con paciencia.
-¡Chicos, Chicas… por favor! ¡Callaos!

            Minutos después, la calma parece volver al aula y la docente vuelve a manifestar:
-María tiene razón al decir que las mujeres han estado sometidas durante siglos a una sociedad totalitaria y machista en la que su papel principal era cuidar a los hijos y quedarse en casa… Esos señores argumentaban que la mujer, al ser sentimental por naturaleza, debía aceptar su sometimiento al varón y el hombre no podía mostrar ningún sentimentalismo, si lo hacía se le llamaba despectivamente: amanerado, sarasa, maricón… -Hace una breve pausa y mira fijamente al estudiante que se burló de María García y de las demás jóvenes de la clase-. Tus comentarios, Carlos, han sido inadecuados, creo que deberías pedir perdón a tus compañeras… -Él baja la mirada unos segundos al pupitre y, acto seguido, se disculpa. La profesora vuelve a hablar-: Si todos actuamos de esa manera, nunca conseguiremos desterrar esos arcaicos razonamientos de nuestras mentes… Así no se conseguirá nunca la plena igualdad… ¿Qué creéis que debemos hacer? –interpela apoyándose en su mesa.
            María vuelve a tomar la palabra:
-Yo creo que, primeramente, se debe diferenciar el sexo del género y después educar a los niños y niñas en actividades de grupo con juegos, deportes… De ese modo, fomentaremos la interacción social de ambos sexos.
Alma sonríe.
-Tienes razón, María, así se promueven los valores, las normas y las actitudes entre los seres humanos para que cuando éstos sean adultos no se sientan discriminados por su raza, religión, sexo… Pero, ¿debemos fomentarlo en las escuelas o en el seno familiar?
            Lara, otra estudiante, contesta a su pregunta:
-En los dos sitios.
-¿Y de qué forma?
-Los padres deben tratar igualmente a hijos e hijas con respecto a las tareas domésticas, dar ejemplo de una convivencia basada en la tolerancia, el respeto, la ayuda, la comprensión, impulsar la lectura de libros que promuevan la igualdad de género…
-Correcto, Lara. Y el profesorado… ¿Tenemos que asumir cambios de actuación para revolver la discriminación en las aulas? ¿Qué opinas, Carlos?
            Éste carraspea antes de decir:
-Pues no lo sé…
-Si yo ahora mismo te hablo con lenguaje sexista y no te trato igual que a tus compañeras, ¿no crees que mi comportamiento será cuanto menos prejuicioso porque no tienes una vagina igual que ellas?
            Las risas emergen en la clase, pero Alma Rodríguez, con gesto serio, hace un ligero movimiento con su mano y éstas cesan. Carlos Santaolalla suspira y luego manifiesta:
-Usted sería irrespetuosa conmigo…
            La profesora de Ciencias Sociales mueve su cabeza afirmativamente.
-¿A que a nadie le agrada que le traten con insolencia y que otros sean intransigentes con tus ideas, tus creencias y tu sexo? –Carlos asiente. Alma suspira y luego sigue hablando-: A través de la coeducación conseguiremos que chicos y chicas compartan valores y que ambos los asuman por igual y, sobre todo, que la sociedad tenga una visión más igualitaria de las personas… -Después les pregunta-: ¿Qué opináis de los maltratos?
            Iván, un chico espigado y de carácter simpático, dice:
-Cuando se habla de éstos siempre se piensa que lo sufren las mujeres, pero hay hombres que también lo padecen, ¿verdad?
-Sí, Iván, pero te diré que existe una pequeña confusión cuando se habla de este tema… No es lo mismo la violencia de género que la doméstica…
-¿Y qué diferencia hay entre éstas? A mí me parece que son lo mismo.
-No. La violencia doméstica es aquella que se produce en el hogar tanto del marido a la esposa como de ésta a su esposo, a los hijos, a los ancianos… Y la de género es aquella que se ejerce a la mujer simplemente porque es mujer…
-Yo conozco un caso de violencia de género… -musita Andrea Gómez, una chica de apariencia triste y mirada ausente.
            Todos los ojos se fijan en su complexión delgada. Alma Rodríguez da varios pasos y se acerca hasta el pupitre de la joven. La profesora la mira fijamente y luego le pregunta:
-¿Algún familiar o algún amigo tuyo la padece, Andrea?
Andrea Gómez no sabe por qué ha dicho eso. Hasta ahora ha ocultado su sufrimiento a los demás. Ella es extraña, no habla con nadie, permanece siempre aislada en su rincón y sus compañeros de clase la llaman “la muda”. Acaba de darse cuenta de que es una forma de discriminación… En su hogar vive continuamente con gritos, amenazas, humillaciones… Y en el instituto se siente excluida y sola… ¿Quién le va a ayudar? –se pregunta cada vez que siente la necesidad de gritar su martirio. Alma le sonríe con ternura. Hace tiempo que percibe la angustia de la joven y aunque ha intentado acercarse hasta ella y ponerse en contacto con sus padres, nadie coge el teléfono en la vivienda de los Gómez y Andrea huye cada vez que la ve por los pasillos del centro…
-Puedes confiar en mí…
            Los oscuros ojos de Andrea se llenan de lágrimas y rota por el dolor, murmura:
-Mi padre maltrata a mi madre… -gime asustada y a la vez aliviada por revelar su secreto-. Ella es una mujer muy débil de carácter y siempre le perdona, pero yo no puedo más… Un día la va a matar… No sé qué hacer…
            Alma Rodríguez la abraza y la conforta mientras los demás se quedan desconcertados por escuchar su confesión. María y Lara son las primeras que se levantan de sus asientos y se acercan hasta donde se encuentran su compañera y la señorita Rodríguez.
-No te preocupes, Andrea, puedes contar conmigo… -pronuncia María abrazándola.
-Tu madre tiene que denunciarle… -musita Lara-. Sólo así dejará de haceros daño…
            Carlos y los otros chicos hacen una piña alrededor de éstas. Minutos después, Alma dice:
-Tengo una amiga que trabaja en el Instituto de la Mujer. Si tú quieres la llamaré y le hablaré de tu caso…
-Gracias…
            Días más tarde, Carlos Santaolalla, María García y sus compañeros deciden acompañar a Andrea y a Teresa, su madre, hasta la Comandancia de la Guardia Civil…

            Al acabar el curso, Andrea Gómez entra en el despacho de la tutora. Alma le sonríe y le insta para que se acomode en una de las sillas. La joven ha engordado varios kilos, una sonrisa permanente se dibuja en su rostro, es más sociable… Sus ojos miran ahora con seguridad a sus interlocutores…
-¿Y bien? –le interroga la educadora.
-Quería agradecerle, señorita Rodríguez, su ayuda. Sin usted mi madre nunca se hubiera atrevido a denunciarle…
-Tú fuiste la que diste el primer paso… -Le aprieta la mano con cariño y Andrea le corresponde.
-Sus clases me han servido para creer otra vez en el ser humano.
-Gracias, Andrea. Me alegro que te hayan gustado y también que vuelvas a creer en las personas.
            La chica se pone en pie y antes de marcharse, comenta:
-Encontré la biografía de Clara Campoamor en Internet, pero me gustaría saber más de su vida…
            Alma se levanta y busca un libro en una de las estanterías, luego se lo entrega a la adolescente.
-Yo lo leí cuando tenía tu edad… “El derecho de la mujer en España” de Clara Campoamor… Sé que te gustará, es para ti.
-Muchas gracias… -Sonríe alegre-. Bueno, ¡que tenga un buen verano! –Se despide con un beso y un abrazo.
-Lo mismo te deseo, Andrea. Ya nos veremos…
            Ella asiente y segundos después se marcha con paso decidido. Desde la ventana, Alma ve cómo cruza el patio. Carlos, María y otros jóvenes la esperan en la entrada. Andrea les enseña su regalo y todos hojean el libro con curiosidad. La maestra, de Ciencias Sociales que imparte Educación para la Ciudadanía, se siente feliz por inculcar valores a sus chicos y chicas… Roza con sus dedos uno de los libros que se hallan en su escritorio.
-Poco a poco lo estamos logrando… -murmura sonriendo a la fotografía de Clara Campoamor-. Algún día esta sociedad será más justa y valorará tu lucha y la de todas las mujeres y hombres que reclamaron nuestros derechos…
            La maestra sale de su despacho. El silencio es abrumador en los pasillos… Echará en falta el bullicio y los madrugones, pero en septiembre volverá a impartir sus clases y otros jóvenes conocerán las manipulaciones socio-culturales que nos han llevado a malinterpretar los roles de ambos sexos desde tiempos inmemoriales… Al pasar por el aula, advierte que la puerta está abierta y que alguien ha escrito una frase en la pizarra.
“SIN EDUCACIÓN NO TENDREMOS NUNCA IGUALDAD”
Alma Rodríguez se marcha del instituto con una sonrisa en sus labios.


           

AAMORI Y LA GOTA DE LLUVIA

El padre oyó en el descansillo las risotadas que provenían del cuarto de baño y también el grifo abierto del lavabo. Varios de sus vecinos habían venido a darle las quejas y él decidió imponer un castigo ejemplar a sus retoños, pero de una forma poco habitual, les contaría un cuento y ellos comprenderían que lo que estaban haciendo era incorrecto. El hombre subió los escalones y se dirigió al aseo. Allí, Pablo y Lucía, sus traviesos hijos de diez y siete años, reían llenando globos de colores y arrojándolos a continuación por la ventana dejando correr el preciado líquido sin ningún miramiento e intentando mojar a los transeúntes.

-¡Niños! ¿Qué estáis haciendo? -gritó con gesto enojado-. No me esperaba de vosotros que os comportarais como unos maleducados, en cuanto os sequéis, iréis a pedir disculpas a doña María y a don Gregorio...

Mientras decía aquello, el cabeza de familia cerró la llave y luego miró a sus pequeños con el ceño fruncido.

-El agua es un bien escaso y desperdiciarla de esta forma es una ofensa para muchas personas.

Lucía pestañeó conteniendo las lágrimas en sus bonitos ojos esmeraldas. Pablo tragó saliva y, tras unos segundos de tenso silencio, se atrevió a hablar:

-Lo siento, papá, todo ha sido idea mía, Lucía sólo hizo lo que yo le propuse. Iremos a pedir perdón a los vecinos, te lo prometo. Pero, ¿qué quiere decir un bien escaso?

El padre suspiró y dulcificando sus rasgos contestó a su primogénito:

-Quiere decir que es algo que se puede acabar si no tenemos cuidado, hijo. Me complace, Pablo, que confieses y admitas tus culpas y, por ello, el castigo será más leve. Venid al salón y os contaré la historia de Aamori.

-¿Quién es Aamori? -preguntó Lucía tras abrazarse a su padre.

-Aamori era una niña africana que tenía que caminar todos los días miles de kilómetros hasta el río para poder llenar un recipiente de agua.

-¿Y no tenía coche para ir hasta allí? -inquirió Pablo sentándose en el sofá.

-No, su familia era muy pobre. Escuchadme y después me decís que os parece este cuento que se titula: Aamori y la gota de agua.

Los dos hermanos asintieron. La voz masculina sonó alta y serena, y ni siquiera el vuelo despistado de una mosca les molestó durante el tiempo que transcurrió el relato.



-“En un lejano país de África, donde el sol abrasa y las lluvias son insuficientes, nació Aamori, la protagonista de este cuento. Todos los días se levantaba cuando los primeros rayos anunciaban el despertar de la selva y su abuelo, enfermo y lisiado, le indicaba, con la rama en la que se apoyaba, que el barreño estaba vacío. La pequeña conocía el camino y nunca se entretenía, caminaba horas y horas hasta llegar al río y después volvía hasta su aldea con la tinaja llena y sin derramar ni una sola gota de agua. Sin embargo, aquel día todo fue distinto. El astro solar parecía quemar más que nunca y apenas había alguna sombra en el camino en el que poder resguardarse de su ardiente caricia. Aamori marchaba lentamente y llevando “su tesoro” apoyado en una de sus caderas. Primero se encontró a un sediento pajarillo que le habló en una jerga que ella entendió:

-Dame un poco de tu agua, pequeña, y la Providencia te lo recompensará…

La niña se compadeció y dio de beber al pájaro. Un alegre trino la despidió. Unos metros más adelante, vio unas freesias que, misteriosamente, habían crecido en la polvorienta senda. Eran hermosísimas, pero el calor estaba marchitando sus pétalos. Aamori les preguntó:

-¿Qué os ocurre, lindas flores?

Una le contestó:

-El sol nos da la vida, pero hoy quema demasiado, si no encontramos a alguien que nos dé un poco de agua, moriremos.

-Yo os daré de la mía.

Aamori vertió parte del contenido de su cántaro y las flores revivieron.

-La Providencia te lo recompensará.... -dijeron radiantes.

Aamori reanudó su viaje y cuando cogió el atajo que la llevaría hasta su pueblo, se encontró con una anciana que descansaba junto a los arbustos. Ninguno de los caminantes le prestaba atención, ajenos al dolor de la viejecita. La niña le acarició con ternura la frente.

-¿Qué te pasa buena mujer? ¿Puedo ayudarte?

-Tengo sed, hija, y nadie se apiada de mí.

-Aquí tienes agua fresca con la que aliviarás la sed. ¡Bebe todo lo que necesites!

-Gracias, pequeña, la Providencia te lo recompensará…

Aamori sonrió y siguió su camino. Al llegar a su aldea, sólo le quedaba en la vasija una gota de agua, tropezó y ésta cayó a la tierra que, pronto, la absorbió. Aamori suspiró, pues su abuelo le reñiría por la tardanza y por tener el cántaro vacío. Aun así, ella se sentía feliz. Había ayudado a otros seres más necesitados y todavía podía volver al río y llenar su ánfora. Aquel pensamiento prontamente quedó en el olvido, ya que una bella mujer apareció de repente ante su asustada mirada.

-No te asustes, Aamori, soy la Providencia a la que socorriste siendo un agotado pájaro, una sedienta flor y una moribunda octogenaria. Tus desinteresadas acciones tendrán la recompensa que te mereces. No tendrás que volver nunca más al río, pues el agua brotará desde hoy en este lugar...

Y así fue, Aamori y los demás aldeanos festejaron durante mucho tiempo aquel maravilloso suceso, y bebieron del manantial que jamás se secó”.



Pablo y Lucía sonrieron a su padre. El niño manifestó:

-Es un cuento muy bonito, papá.

-Sí, hijo. A Aamori no le importó deshacerse del agua que llevaba en su jarra mientras ayudaba a los demás, pero le dolió ver que la última gota desaparecía por culpa de su resbalón. Por eso, os digo que es un bien escaso que tenemos que preservar para que no se agote. Otras personas, igual que Aamori, se pasan horas y horas caminando hasta que encuentran un pequeño riachuelo donde sacian su sed. Espero que hayáis aprendido la lección y que no volváis a malgastar el agua.

Lucía fue la que contestó esta vez a su progenitor:

-Te lo prometemos, papi. Ahora mismo iremos a pedir perdón a doña María y le contaremos la historia de Aamori y la gota de agua.

El hombre sonrió mientras veía cómo sus hijos llamaban a la puerta de sus vecinos.

HAIKUS



En la lejanía
el canto del jilguero
borró tu sonrisa.

La libélula
tornó de su viaje
la oí al llegar.

En el balcón entreabierto,
las notas de Chopin acariciaban a la rosa.

Llegó el otoño,
hojas amarillentas alfombran el bosque
y tus cabellos me lo recuerdan.

Rompió la ola en la orilla,
su espuma plateada alegra el aciago invierno.

El cálido aliento del estío acarició las hojas del nogal,
y tú sonreíste.

La ardiente arena cubrió tu piel,
y las olas alejaron mi pesar.

Los pétalos de la rosa se abrieron al amanecer,
tus labios me lo recordaron.

El crepúsculo
brilló en tu mirada,
el mar la besó.

La madreselva
trepó por las tapias,
sonrió el sol.

Gotas de rocío
cubren el manto verde
al alba brillan.

Suave violeta
alas de mariposa
dijo el poeta.